Hace unos años, Wi-Fi (Wireless Fidelity) empezó a hacerse popular como una tecnología que, al igual que Bluetooth, interconectaba diferentes periféricos al ordenador o a la Palm sin necesidad de cables, aunque a diferencia de éste, tiene un mayor rango de alcance. Entonces era conocida con el poco comercial nombre de 802.11.
Poco después, grupos independientes de universitarios en varias partes del mundo, empezaron a crear sus propias redes alternativas de Wi-Fi, con sus propios y rudimentarios nodos, que les proporcionaban acceso gratuito a Internet, y además, a alta velocidad (¡11Mbps!).
Todo esto, mientras las grandes operadoras de telefonía hipotecaban su futuro comprando a los estados los derechos para las futuras redes de tercera generación (UMTS), que a día de hoy, no han terminado de estar listas.
Por tanto, no es de extrañar que haya quien vea Wi-Fi como una amenaza en ciernes para el negocio de las operadoras. Entretanto, empresas como Telia o Telefónica están ya armando sus propias redes basadas en este protocolo.
En Estados Unidos, grandes cadenas de restaurantes y centros comerciales ya han montado su propia red, y cada día se suman aeropuertos, comunidades, universidades, etc.
También en EEUU, la empresa Verizon, está estudiando reconvertir las cada vez más en desuso cabinas telefónicas en antenas Wi-Fi, ya que con la telefonía móvil ya no son rentables y tienen que seguir pagando su alquiler.
Sea lo que sea lo que nos depare el futuro más inmediato, lo que parece
claro es que esta tecnología tiene mucho que decir, ya que hay intereses
encontrados y demasiado importantes en juego.